La última travesía de «El Atracedero»
17 Oct 2025
Naufragio de un símbolo y su arribo fantasmal a Coatzacoalcos
Coatzacoalcos, Veracruz.- Lo que fue un ícono de la vida social y la ambición arquitectónica de Tuxpan, hoy es un despojo flotante: el restaurante «El Atracedero» ha concluido su melancólica y fatídica odisea de 400 kilómetros, convirtiendo al Golfo de México en su tumba de agua. Sus restos, la estructura principal de dos niveles, han sido avistados cerca del puerto de Coatzacoalcos, marcando el final de un naufragio épico que comenzó con el desbordamiento del río Tuxpan.
El drama se desencadenó la noche del 10 de octubre. Las lluvias torrenciales, implacables, desataron una crecida sin precedentes. El río, indómito, no solo inundó, sino que arrancó de cuajo el corazón flotante de la ciudad. A las 21:30 horas, un crujido sordo, el sonido de las amarras cediendo, fue el epílogo de la existencia del local en su muelle. «El Atracedero» inició entonces su viaje solitario, arrastrado hacia el vasto y cruel litoral veracruzano.
El Golfo no perdonó. La furia del oleaje y la corriente fragmentaron el sueño de madera y acero. La estructura se partió en dos. La primera sección, sorprendentemente más entera, fue localizada por pescadores a más de 340 kilómetros al sur, cerca de Alvarado, flotando a 100 millas de la costa, casi perdida en la inmensidad.

Pero el hallazgo más crudo y tangible de la catástrofe llegó tras una semana de deriva, superando la región de Los Tuxtlas. A escasas millas de Coatzacoalcos, emergió la segunda y más grande parte: la estructura principal, ladeada, con sus dos niveles inundados y maltrechos. Es la imagen descarnada de la fuerza con que el río lo escupió al mar.
Inaugurado en 2004, «El Atracedero» no era solo un restaurante; fue la audaz materialización de una época dorada en Tuxpan. Sobre pontones, con su célebre paella valenciana y cava, fue el punto de reunión de familias y empresarios entre 2008 y 2015. Hoy, sin embargo, solo queda un esqueleto a la deriva, un recuerdo empapado que atestigua, con su silencioso arribo a Coatzacoalcos, la devastación que dejó la naturaleza.