Lo que no duele, se repite
20 Jul 2025
Opinión de Juan Alfonso Mejía López | Debate |
El ex secretario de Seguridad de Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, hoy prófugo con ficha roja de Interpol, está acusado de liderar una célula del crimen organizado mientras ocupaba uno de los cargos más delicados del gobierno estatal. Su jefe directo en ese momento era el entonces gobernador Adán Augusto López Hernández, más tarde secretario de Gobernación de López Obrador y hoy líder de la bancada de Morena en el Senado. La defensa del exfuncionario no llega por la vía de los argumentos, sino por la estrategia habitual: el silencio. La defensa del político tampoco irrumpe por la vía de la verdad, sino por la fórmula conocida: “no sabía nada”. Y la reacción de la clase política es la de siempre: cerrar filas.
Hasta aquí, nada nuevo. Lo más grave, sin embargo, no está en el cinismo de los poderosos, sino en la pasividad de una sociedad que no reacciona. Cuando los escándalos dejan de indignarnos, cuando el abuso no genera consecuencias, cuando la gente ve la corrupción como un pleito más entre políticos, no estamos ante una crisis política de gobierno: estamos ante una crisis social, con matices antropológicos. No es un asunto sobre el funcionamiento de las instituciones, sino de la adopción de actitudes de la población. Lo que sucede no molesta, no agravia, no perturba. ¿Por qué?
No hablamos sólo de culpabilidades jurídicas, sino de una lógica de poder que opera con total normalidad. Se nombra a un funcionario pese a los antecedentes, se le sostiene en el cargo pese a las señales, se niega toda responsabilidad cuando el escándalo estalla, y se repite el mantra: “no hay carpeta de investigación”. Lo mismo se dijo sobre Ovidio Guzmán durante años, mientras se declara culpable en una corte estadounidense, aceptando su pertenencia a una organización criminal y pagando una multa de 80 millones de dólares. Nadie supo nada. Nadie preguntó nada. Nadie es responsable de nada.
La paradoja es que el sistema no se sostiene por quienes lo dirigen, sino por quienes lo aceptan. El problema no es solo que el poder mienta, sino que la ciudadanía dejó de exigir verdad. Y esa es la verdadera fractura: cuando la gente no siente que lo público le afecta, no reacciona.
Este fenómeno rebasa a los partidos y los colores. No es exclusivo de un gobierno o de una ideología. Es una forma de operar que atraviesa administraciones: blindar a los aliados, premiar a los leales, silenciar los errores, convertir la impunidad en estrategia. Hoy es Morena. Ayer fue el PRI. Antier fue el PAN. Mañana será quien no rompa con esa lógica. Y mientras la ciudadanía no lo sienta como propio, no lo hará suyo.
Lo que hace especialmente delicado el caso del Senador de la República tabasqueño es que coloca a la presidenta en un dilema que no eligió, pero que no puede eludir. Claudia Sheinbaum no está implicada en estos hechos, ni ha sido vinculada con el crimen organizado. Pero su antecesor sí. Y mientras ella guarde silencio, el poder que encabeza seguirá cargando con esa loza. Porque el liderazgo no se mide por la cantidad de votos, sino por la capacidad de marcar fronteras. Si la presidenta no traza un límite claro entre lo que hereda y lo que construye, el proyecto que encabeza nacerá (con)fundido. No basta con ser distinta. Hay que demostrarlo.
Además, este tipo de omisiones debilita al país en sus relaciones internacionales. Cuando Donald Trump acusa a las autoridades mexicanas de estar “petrificadas” o de ser “cómplices”, no sólo insulta. También sabe que sus palabras pesan porque se vuelven creíbles ante una opinión pública que ya ha visto demasiadas veces este patrón. ¿Con qué cara puede México exigir respeto o negociar aranceles al tomate sinaloense, cuando ni siquiera puede limpiar su propia casa? ¿Cómo se sostiene la autoridad frente al mundo cuando se diluye desde dentro?
Pero lo más grave sigue estando a nivel de tierra. Y es esa normalización la que hay que mirar de frente. Porque ya hemos visto este patrón antes. Durante la pandemia, un estudio independiente reveló que más de 300 mil personas murieron por negligencia, omisiones o decisiones erradas del gobierno federal. Y, sin embargo, en lugar de enfrentar consecuencias, el principal operador sanitario de esa estrategia – López Gatell – es premiado con una representación internacional ante la Organización Mundial de la Salud. ¿Dónde está el reclamo social?
La gente lo permite porque el sistema ha sido exitoso en lograr que no lo sienta propio. Se nos ha enseñado que la política es “de ellos”, no “nuestra”. Que la corrupción es “normal”. Que con todos es igual. Que la impunidad “ya no sorprende”.
Hoy no escribo para denunciar a un personaje. Escribo para nombrar un momento. Uno en el que el cinismo institucional ha alcanzado tal grado de sofisticación, que ya no necesita esconderse. Opera a la vista de todos. Y ya ni siquiera provoca escándalo.
Esa es la verdadera urgencia. No quién se corrompe, sino quién lo permite. No quién manda, sino por qué aceptamos ser gobernados así.
Porque mientras no nos duela, no cambiará. Y lo que no duele… se repite.
Que así sea.